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jueves, 15 de octubre de 2009

Suck!


Un pionero a la hora de mandar a chupar a otros fue George Orwell. De eso no hay dudas. Se ve que Diego lo conoce y ayer lo homenajeó como corresponde. ¿Por qué tanta ofensa? Respuesta: porque lo que se atacó es la grisura. Hay momentos en donde no hay espacio ni paleta cromática para el gris: hay que plantar bandera y decidir entre posiciones que no reconocen neutralidad posible. Y tener registro del pasado pensando en lo que viene. Veamos.

Rebelión en la granja fue editado por primera vez por Secker & Warburg en agosto de 1945. El original había sido rechazado por cuatro editores el año anterior. A Messi lo rebotaron en River porque era petiso. A Einstein lo bochaban en matemática. A Simmel no lo dejaban ser ayudante. A Belgrano lo cargaban por la voz finita.

Recién en 1971 se conoció el prólogo que Orwell había escrito para Rebelión. Cosa rara en los prólogos, pero me gusta más que el libro que antecede. Ahora que por fin se habla un poquito en público de los manejos corporativos de la información, viene muy bien recordarlo. Se llama La libertad de prensa.

Escribió Orwell: "Si la libertad significa algo, es el derecho a decirles a los demás lo que no quieren oír". "Las ideas impopulares, según se ha visto, pueden ser silenciadas y los hechos desagradables ocultarse sin necesidad de ninguna prohibición oficial (...) el mayor peligro para la libertad de expresión y de pensamiento no proviene de la intromisión directa del Ministerio de Información o de cualquier organismo oficial. Si los editores y los directores de los periódicos se esfuerzan en eludir ciertos temas no es por miedo a una denuncia: es porque le temen a la opinión pública. En este país la cobardía intelectual es el peor enemigo al que han de hacer frente periodistas y escritores en general."

"De todo ello resulta que, cuando en estos momentos se pide libertad de expresión, de hecho no se pide auténtica libertad".
"Pero libertad, como dice Rosa Luxemburg, es libertad para los demás". "Si la libertad intelectual ha sido sin duda alguna uno de los principios básicos de la civilización occidental, o no significa nada o significa que cada uno debe tener pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no impida que el resto de la comunidad tenga la posibilidad de expresarse por los mismos inequívocos caminos".

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Yapa: Alfonsín el 13 de febrero de 1987 hablando de la oposición cerril de Clarín y de sus operaciones constantes (tomen nota los Bobos que dicen ser sus herederos). "Soy respetuoso de la libertad de prensa pero ustedes tienen un ejemplo en los diarios de hoy. Yo les pido que lean el Clarin, que se especializa en titular de manera negativa como si realmente quisiera hacerle caer la fe y la esperanza al pueblo argentino (...) Si el pueblo de la Nación fuera lo que el Clarín dice que es, estaríamos todos destrozándonos entre nosotros (...) No me van a cansar a mí". Acá.

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lunes, 25 de agosto de 2008

Algunas lecturas

En la clase de hoy hicimos una primera aproximación a República, y conversamos sobre los trabajos en grupo que realizaron. En conexión con algunas de esas cuestiones, les comenté algunas obras que podían leerse como una de las infinitas maneras de enriquecer el interés que puede llevarnos desde el arte hacia la filosofía política como de ésta hacia aquélla.

"El pensar y las reflexiones morales", específicamente en lo que hace a la repetición ritual (aún de crímenes) y la devastadora superficialidad que se retrata tan bien me lleva a la película "La Carnada", de Bertrand Tavernier. Y si se trata de dispositivos penales de experimento sobre jóvenes "difíciles", imperdible La naranja mecánica. Ya sea la versión en cine dirigida por Stanley Kubrick o la obra original de Anthony Burgess (al que nunca le conformó la genialidad que hizo Kubrick).

Una novela que retrata de manera muy sutil y a la vez implacable la Dictadura argentina (1976-1983), Dos veces junio, del escritor argentino Martín Kohan, rebosa de situaciones en las que la banalidad del horror es innombrable.

El lector, de Bernard Schlink, es una novela altamente recomendable sobre los crímenes y las culpas generacionales en Alemania (omitan leer la contratapa del libro porque el sujeto que la hizo -entiendo que en nuevas ediciones el error fue corregido- agregó un detalle que si es conocido por el lector antes de empezar arruina una de las revelaciones tan sorpresivas como claves del libro).

El corazón delator, de Poe, utilizado por uno de los grupos puede llevar a la lectura de Cavar un foso, de Adolfo Bioy Casares. Y en los fragmentos de Eduardo Galeano citados por otros compañeros/as se alude a Mauricio Rosencof. Es quien escribió la conmovedora Las cartas que no llegaron.

El mito de las razas, en el Libro III de República, puede conducirnos a 1984, de George Orwell. Y la persecución a la disidencia en una polis despótica está bien lograda en las logias de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (versión en cine nada menos que de Francois Truffaut) y el genial Los últimos vermicelli de Roberto Fontanarrosa.