sábado, 21 de marzo de 2009

Libertad, rebeldía, imaginación y resistencia



Dar testimonio en momentos difíciles es un acto valiente. En vísperas del 24 de marzo, elegimos tres intervenciones luminosas: de Albert Camus, su artículo en Combat "El tiempo del desprecio" (1944); de Miguel de Unamuno su discurso como rector en Salamanca (1936) y de Rodolfo Walsh, la Carta Abierta a la Junta Militar (1977).

Unamuno era rector de la Universidad de Salamanca. Cuando los sublevados franquistas fueron asentando su ocupación territorial, ocurrió un hecho que casi le cuesta la vida (murió un año después). En el Aula magna de esa casa, un 12 de octubre de exaltación nacionalista, escuchó durante discursos de ocasión, gritos que eran un símbolo fascista como "¡Viva la muerte!", "¡muera la inteligencia!" y otras consignas igual de salvajes.

Fue entonces cuando, frente al golpista general Millán Astray, dijo: "Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia.

Quiero hacer algunos comentarios al discurso – por llamarlo de algún modo – del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona.


Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor.


Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España.


He dicho.
"

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me da calor que nadie comente nada. ¿Nos van a retar acaso?
Yo conocía la carta de Walsh. La tenía bien clara y se jugó. ¿Por qué, si alguien vió como él, los demás creen tener derecho a declararse en la ignorancia de todo lo que pasaba?
El de Camus es excelente y el de Unamuno corto y potente.

Gracias.